PRIMERA CLASE 

 



El tren se detuvo entre una gasa de neblina y una humareda blanca de vapor, un silbato largo anunció su llegada y por la chimenea de la maquina se descargó una volcanada oscura de humo alquitranado. 
Los pasajeros cariacontecidos descendieron al andén y entre ellos, un sacerdote con rostro adusto y cejo fruncido, con sotana negra, un sombrero alón, y un breviario en la mano. Su abultado equipaje lo componía un baúl y un par de valijas café, con las que los lugareños solícitamente le auxiliaron aun sin conocerlo. Reverentes a su autoridad de ministro de Dios, trataban de ganarse los favores del cielo moviendo el baúl y las valijas a voluntad del sacerdote. 
Coelemo, era una estación grande, desde allí se transbordaban pasajeros a distintos destinos, lo hacían en carretas, de a caballos, etc. Pero los que se dirigían a la rivera norte del río Itata, específicamente Quirihue, eran beneficiados con un servicio especial de la empresa, un carromato de tracción animal, que los trasladaba hasta allí, sólo debían cumplir el requisito de haber llegado en tren desde Santiago a Chillán, así que el sacerdote que había hecho este itinerario y estaba destinado a ese pueblo, se dispuso a abordarlo. 

El frío invernal y la curiosidad de la gente lo acoquinaban, solo deseaba llegar pronto a Quirihue y destinar un tiempo al descanso, para luego proceder a ministrar en las cosas de Dios. 
Cuando pidió su boleto para abordar el carromato el vendedor de pasaje le hizo una pregunta que a él le pareció un poco extraña. 
-¿Primera, Segunda o Tercera clase? 
El sacerdote, asomó la cabeza dentro del carro y vio que no había ningún asiento distinto a otro, no observó nada que lo hiciera pensar en primera segunda o tercera clase. El interior del carromato estaba formado por dos corridas de asientos absolutamente iguales, de tal forma que se volvió a la ventanilla un poco intrigado, pero nada dijo y pidió un pasaje de segunda clase, “ no pecaré de avaro pagando tercera clase, ni de ostentoso pagando primera” se dijo para sí. Y tomando el boleto se acomodó en un asiento. 
A la hora señalada el carromato salió del pueblo, cruzó el puente de madera que se tendía sobre el río Itata y se adentró en un sendero sombrío con rumbo norte. 

El camino estaba cubierto de un lodo invernal arcilloso, en partes unos charcos de agua lo atravesaban de lado a lado, y decenas de huellas de ruedas de carreta acrecentaban el barrial, de pronto el camino se empinaba por la ladera de los cerros que presagiaban un poco mas al poniente la cordillera de la costa, y luego caía a hondonadas perfumadas con aromas de peumos y boldos. El carro rodaba con lentitud, dificultosamente los caballos a veces lograban vadear algunas lagunas de barro. 
El cochero instalado en un asiento sobre el pescante azuzaba las dos parejas de caballos con voz potente, y un largo látigo que estallaba sobre los lomos sudorosos de las bestias. Hasta que ocurrió lo predecible, el carro quedó encallado en un extenso barrial, los ejes estaban completamente perdidos en el fango, los caballos jalaban con ahínco mas el carro no avanzaba, el sacerdote en el interior masticaba sus oraciones, con los ojos entornados, sin hacer mucho caso de los que pasaba afuera, a hurtadillas miraba sus compañeros de viaje, reparando en sus vestimentas tan a la usanza campesina. 
Pasajeros de tercera.... 
La voz del cochero resonó autoritaria, el cura no comprendía que pasaba, pero vio como algunos de los pasajeros arremangaron sus pantalones, cambiaron su calzado por ojotas y bajaron al lodo, lentamente el carro comenzó a moverse, el cura, curioso, asomó su cara al exterior y constató como los hombres, con sus pié hundidos hasta mas arriba de la pantorrilla en el fango ponían sus hombros en los costados del carromato y empujaban con fuerzas. Cuando estuvieron en tierra más firme los pasajeros de tercera se quitaron el barro de sus pies, limpiaron sus ropajes embarrados y tomaron su asiento con una normalidad que el sacerdote no lograba entender, pero seguía sumido en su silencio. 
El penoso camino se hacía largo, las horas pasaban lentas, y los pasajeros de tercera clase, bajaban de cuando en cuando a ayudar a los caballos a cruzar algunos charcos de barro, subían y se acomodaban con una normalidad que hacía presumir al cura una tremenda habitualidad a estas situaciones. Pero nuevamente ocurrió algo esperado y no deseado, el carro no salía del barro, los pasajeros de tercera forcejeaban tenazmente por lograr despegarlo del lodazal, pero este no cedía, y la voz de cochero se oyó nuevamente. 
Pasajeros de segunda... 
Dentro del carro otros pasajeros se aprestaron a bajar previamente preparados para afrontar la situación, se cambiaron el calzado arremangaron sus pantalones y bajaron, el cura se quedó sentado en silencio, pero el cochero alzó su voz sentenciosa de manera tal que logró incomodarlo. 
todos los pasajeros de segunda, señor cura 
El cura se quitó los zapatos y se calzó una sandalias de penitencia, arremangó sus sotanas y descendió del carro, había resignación en su rostro, sus labios se movían lentamente, y en un murmullo que solo él y su destinatario podían entender dijo. “Comprendo Señor, que ante ti somos todos iguales, pero de todas forma, desde hoy en adelante siempre sacaré pasajes en primera clase” 

 

 

 

 

 

 

 

 

LA OLLETA



Mañana será un gran día, el cerdo cebado, ese gran cerdo, que con tanta preocupación se ha alimentado, mañana estará boca arriba, en esa batea grande preparada para el acontecimiento.
Habrá abundancia de carne, manteca, prietas y chicharrones, y cuanto más se obtendrá del cerdo cebado, que ayudará a pasar el invierno... Pero ¿Dónde estará la olleta?, ¿ Quién fue el último en pedirla?, ¡Qué contratiempo! Mañana será tan necesaria, quizás mas que nada, ¿En qué se calentará el agua?. ¿En que se freirán los chicharrones?, y las morcillas...
Pero, esto es algo que no debió pasar, ¿cómo recuperarla ahora?, que queda tan poco tiempo. Tal vez, ir de casa en casa, tomará toda la tarde y parte de la noche, quien la tenga puede negarla, y tan necesaria que será. Se quedó pensativo, poco a poco sus ojos se fueron iluminando como si hubiera descubierto una forma de solucionar todos aquel problema, salió regocijado, con una alegría interior, y con la seguridad de saber que hacer.
Había ahorrado mucho tiempo, para comprar una olleta de fierro, la quería grande, de patas altas, para el fuego la abrazara entera. Pero su olleta se convirtió de pronto, en algo tan requerido por los vecinos, si no la tenía Juan, la tenía doña Peta, o quizás Manuel, pero siempre estaba prestada. La habían convertido en un bien común sin proponérselo.
Subido en un pequeño cerrillo, que dominaba el valle, contempló las casas dispersas que formaban el villorrio, todas estaban bajo su mirada, y él sabia, que, en una de ellas estaba su olleta, ¿En cual? Lo ignoraba, pero si estaba seguro que mañana la tendría en su casa. Así que puso en marcha su plan, llenó sus pulmones de aire y dejó caer sus palabras gritadas sobre las casas, que ya se adormecían en la tarde.
- ¿CUANDO ME VAS AA DEVOLVER LA OLLETA?
- ¿O CREES QUE TE LA REGALE?
- ¡NO SEAS MAL OCUPADO CON LO AJENO!.
¿ O PREFIERES QUE DESDE AQUÍ TE DIGA QUE NO DEVUELVES LO QUE PIDES?
¡SI NO ME LA DEVUELVES HOY MAÑANA TODOS SABRAN QUE NUNCA DEVUELVES LO QUE PIDES!...
Su voz tronaba desde lo alto y los vecinos, asomados a los patios de sus casas, oían su voz que bajaba sentenciosa y severa.
Cuando volvió a casa, ya a oscura, en la puerta de entrada a su patio, un bulto casi lo hizo caer la tropezar con él, disimuladamente, envuelta en unos sacos estaba su olleta, sana y salva, limpia, recién fregada. Sin ocultar su alegría, y sin preguntarse quien la tendría, la tomó regocijado, pensando que mañana será un gran día.

 

 

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